
No hay duda de que lo que hizo estuvo mal, pero no para lapidarle y someterle al escarnio público en la plaza del pueblo. Lo malo es que les sirvió de excusa para hablar poco de la victoria.
No se trata de si el entrenador está acertado o no con sus decisiones.
Se trata de quién manda, quién tiene la autoridad para decidir.
No vale cambiar de opinión según convenga, según nos caiga bien o mal.
Y, por supuesto, se debe aplicar a todos y en toda circunstancia.





