
NOTA: Este artículo es una reescritura del artículo original publicado el 14 de abril de 2025 y forma parte, junto a otros 78 artículos, del libro Madridismo sin complejos. Ya disponible en Amazon.
14 de abril de 2025
La semana ha sido triste. Muy triste. Se nos ha ido don Leo Beenhakker. El holandés siempre será uno de los mejores entrenadores de la historia del mejor club de la historia. No importa que no consiguiese vencer la maldición de la Copa de Europa que nos persiguió durante treinta y dos años. Después han llegado nueve orejonas con equipos muy distintos. Pero ninguno ha jugado al fútbol como el Real Madrid de don Leo.
Eran los ochenta. En el equipo estaban veteranos aguerridos como don Juan Gómez “Juanito”, don Carlos Alonso “Santillana”, don Ricardo Gallego, don José Antonio Camacho y don Miguel Porlán “Chendo”. Tipos salidos de Doce del patíbulo. Qué les voy a contar. Puro madridismo. Pura testosterona. Profesionales de los pies a la cabeza. Don Juan Gómez era pura inspiración. Un rebelde con causa. El fútbol en estado puro. Nadie más madridista que él. Don Carlos Alonso dominaba el aire. Don Carlos era Clark Kent. No necesitaba la capa ni el pijama con la ese de Santillana. Él volaba todos los domingos. Sobrevolaba todos los campos de primera. Solo Cristiano ha volado tan alto como él. Solo el portugués ha rematado de manera tan bella. Suspendido en el aire. Venciendo a la gravedad. Marcando los tiempos. Don Ricardo Gallego era todo un director de orquesta. Tenía el aspecto y el peinado. Solo le faltaba el frac. El equipo jugaba a su ritmo. Cerraba los ojos, movía la batuta y el equipo pasaba de un adagio a un vivace al ritmo de sus pases. Don José Antonio Camacho era el lateral izquierdo del Real Madrid, con eso está todo dicho. No hubo otro como él hasta que llegaron Roberto Carlos y Marcelo. La furia española. En el lateral derecho, en esa porción de césped del Bernabéu, mandaba don Miguel Porlán “Chendo”. Solo don Daniel Carvajal ha dominado ese terreno con la misma autoridad.
El equipo lo completaba la Quinta del Buitre, encabezada por ese chaval con pinta de oficinista que paraba el tiempo cada vez que recibía el balón dentro del área: don Emilio Butragueño. El bullet time de Matrix lo inventó don Emilio una década antes. El tímido chico venía con toda una banda de chavales del Castilla. Eran los chicos de La ciudad de los muchachos. Don Luis Molowny era su Spencer Tracy, era el padre Flanagan. Don Emilio era Mickey Rooney. Esos chicos fueron la mejor generación de futbolistas que ha visto la cantera del Real Madrid. Talento puro. Don Miguel González “Míchel”, don Rafael Martín Vázquez, don Manuel Sanchís y don Miguel Pardeza.
Don Ramón Mendoza añadió al cocido un ingrediente esencial. El mejor nueve que he visto. El más completo. El nueve más infravalorado de la historia del fútbol. Si en lugar de ser mejicano hubiese sido brasileño, otro gallo hubiese cantado. Estaría en todas las listas. Don Hugo Sánchez Márquez marcó treinta y ocho goles en la temporada 89/90. Los treinta y ocho al primer toque. Era un rematador. El rematador. El mejor. Le he visto marcar con la cabeza, con ambos pies, con el pecho y de chilena. Muchos de chilena. El macho mejicano remataba de chilena con la misma facilidad con la que Modric da pases con el exterior. Don Ramón fichó también a don Antonio Maceda, maravilloso central del Sporting de Gijón, y a don Rafael Gordillo, extremo izquierdo del Betis. El de las medias caídas. El que parecía que se iba a caer. Pero no. Andaba y corría destartalado. Como Tom Hanks en sus comedias. Era el Garrincha sevillano. El mejicano se alimentó de sus centros y de los de “Míchel”. Centros milimétricos de precisión tonikroosiana. Por derecha y por izquierda. Se puso las botas. Cómo echo de menos los centros al área y los remates de un nueve de verdad.
En la portería estaba don Paco Buyo, el Schwarzenegger español. Destacaba por su agilidad. Era un gato. Estaba en todas partes. Se movía tanto que estaba en los dos palos a la vez. Parecía que se había tomado siete cafés. Y esas salidas cuando se encontraba mano a mano con el delantero. Cuando el delantero se daba cuenta ya le había robado el balón y la cartera. Era un pillo. Realizaba paradas antológicas todos los fines de semana. Otro gran portero del equipo era Don Agustín Rodríguez Santiago, portero sobrio, seguro, sereno. Secundario de lujo. Todo un Walter Brennan.
Me olvido de algunos, de muchos, mil disculpas. Todos sudaron la camiseta del Real Madrid. Todos merecen mi respeto. El equipo tenía garra y talento. Veteranos y noveles. Canteranos. Madrileños y gallegos, andaluces y asturianos. Era el equipo que mejor representaba a España. El Madrid siempre lo ha sido. Pero este equipo especialmente. Dejaba tardes gloriosas en todos los campos de Primera División.
Don Leo se caracterizaba por proponer un fútbol muy atractivo. Exuberante. Ataque total. Con muchos efectivos. Con vigor. Un fútbol directo. Masculino. El equipo ganaba por aplastamiento. Habitualmente por goleada. Era insistente. Atacaba por tierra, mar y aire. Daba gusto ver jugar al Real Madrid. Con don Leo el equipo ganó tres Ligas seguidas, una Copa del Rey y dos Supercopas de España.
Era la segunda mitad de los ochenta. Eran buenos tiempos. La corrupción todavía no se había extendido en la política ni en la sociedad. Eran tiempos nuevos. Como dice Dylan, los tiempos estaban cambiando. El Madrid ganó cinco ligas seguidas. Éramos felices. Muy felices. Lo teníamos todo y no lo sabíamos. Ahí se acabó todo. Lo supimos años más tarde. En ese momento el Barcelona entendió que no podía competir con el Real Madrid. En ese instante decidieron comprar al vicepresidente arbitral. Todo se corrompió. El fútbol español no volvió a ser igual.
Gracias por habernos hecho tan felices, Leo. Descansa en paz.
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