Han cambiado de versión continuamente para evitar que haya una condena por corrupción deportiva. Eso podría quitarles lo que da sentido a su vida y su relato, los títulos de los años Negreira.

Van dando palos de ciego, bandazos en busca de una explicación que les libre de todo mal. Les resulta más soportable ser ladrones que corruptos, porque lo segundo podría acarrear la pérdida de los títulos sobre los que han construido todo su (falso) relato de supremacismo futbolístico. Si se los quitan, ya no les quedará nada. El problemas es que, aunque los conserven, no hay detergente dialéctico que pueda limpiar un baldón, una mancha que les acompañará hasta el fin de sus días.

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