
28 de enero de 2026
Benfica 4 – 2 Real Madrid
Regresamos a Lisboa. Al Estádio da Luz. Ese lugar mágico donde Sergio Ramos cambió la historia del Real Madrid y la historia del Atlético de Madrid con tan solo un cabezazo. Olvidaremos a muchos amigos, muchos jefes y muchas ex. Sus rostros se acabarán borrando de nuestra memoria. Pero nunca olvidaremos ese instante. Don Luka Modric lanzando el balón al aire en busca de la gloria. El último balón. La última oportunidad. Y el dios del fútbol, que es madridista, entrando en el cuerpo de Sergio Ramos y obrando el milagro.
Hoy el partido es menos importante. Tenemos que sellar la clasificación entre los ocho primeros equipos de esta contrahecha liguilla de la Ceferin Cup. Eso nos permitirá evitar una eliminatoria más. Y si quedamos entre los cuatro primeros, tendremos el factor campo a nuestro favor. Aunque los renglones de Dios son torcidos. Nunca sabemos si el disputar una eliminatoria más puede ser algo bueno o malo. La pasada temporada tuvimos que jugar esa molesta eliminatoria contra el Manchester City. Y supuso una gran eliminatoria del equipo. Mejoramos en el juego y subimos la moral de la tropa.
La canallesca lleva toda la semana atizando a Mourinho y a Arbeloa con la excusa del partido. Don José es ahora el entrenador del Benfica. La prensa antimadridista, disculpen la redundancia, quedó desenmascarada por el Special One. Mourinho dejó al descubierto la carencia de ética profesional de la gran mayoría de periodistas deportivos españoles. También fue quien les desmontó el relato. Ese relato que establecía que el Negreira FC – entonces lo sospechábamos, pero no teníamos las pruebas ni el nombre – y el meacolonias eran los inventores del fútbol. El fútbol anterior a Guardiola había sido un deporte aburridísimo durante sus 145 años de historia. Nuestra era se distingue entre los años antes de Cristo y después de Cristo. La biblia del fútbol de los guardiolistas establecía dos eras distintas, antes y después de Guardiola. Guardiola bajó de la montaña con las tablas de la ley. El del país pequeño, según sus palabras, bajó del Montseny con una túnica y unas tablas con varios mandamientos, todo mientras sonaba Coldplay. Algunos de esos mandamientos ya los conocemos todos. Nos los han repetido hasta la saciedad. «Solo se podrá jugar al fútbol como el Barcelona de Guardiola, cualquier otro estilo de juego no es válido y resulta una ofensa al buen gusto». «El balón tiene que salir jugado desde el portero y no se puede dar un patadón en largo porque es pecado». «No es importante ganar, lo importante es tener la posesión». «Está feo jugar con jugadores altos y fornidos, eso no son jugadores de fútbol, son atletas». «Hay que evitar en la medida de lo posible el uso de delanteros centro, eso remite al antiguo testamento. Es mejor usar falsos nueves». Podríamos estar así hasta el infinito. La prensa compró y difundió este relato. No se podía jugar de otra forma. Atribuyeron las Eurocopas y el Mundial ganados por España al Fútbol Club Barcelona, elevaron a los altares a Iniesta e intentaron que todos los niños de España se convirtiesen al barcelonismo. Los jugadores del Madrid eran los malos en la selección. Los bad boys de Mourinho. Los buenos eran el gang de Busquets, Alba, Piqué, Xavi e Iniesta. Seres angelicales. Los protegidos del Marqués del Bosc. La propaganda resultaba estomagante y más teniendo en cuenta que es un club que no se considera español y desprecia a los aficionados del resto de España.
Este era el panorama del fútbol español que se encontró don José Mourinho. En dos años consiguió ganar La Mugrienta Liga Negreira – en esa época el vicepresidente de los árbitros españoles estaba a sueldo de Sandro Rosell – batiendo el récord de goles y el récord de puntos y expulsó de España a Guardiola. El de Santpedor tuvo que tomarse un año sabático y emigrar a Alemania. Don José acabó con el guardiolismo y con las tonterías. Desmontó la corrección política futbolística y denunció los arbitrajes. Los periodistas no se lo perdonan. Mourinho tenía razón. Y sentó las bases para la mejor década de la historia del Real Madrid.
Pero vayamos al césped. El equipo no sale bien. El partido empieza feo. Trabado. El Benfica sale con mucha agresividad. Están en todas partes. Si el equipo portugués gana y se produce una carambola podría clasificarse para la siguiente ronda. A nosotros posiblemente nos baste un empate para estar entre los ocho primeros. Ellos van a por todas. Atacan con muchos efectivos. La defensa empieza a estar estresada. Courtois empieza a realizar paradones. Llegan con peligro. Nosotros apenas pasamos de medio campo. Jugamos sin claridad. Perdemos el balón muy rápidamente.
El Benfica coloca su defensa diez metros por delante de su área. Y nos presionan en la salida del balón. Don José sabe perfectamente que así nos cuesta crear. Cuando atacan llegan con muchos efectivos. Se meten hasta la cocina. Se pasean por nuestra área pequeña como el cuñado que entra en la cocina, saca una cerveza de la nevera, se va al salón, se sienta en nuestro sofá y pone en la TV una serie turca. Nuestra defensa está blandita. Están llegando como quieren.
En el minuto veintinueve conseguimos elaborar una posesión muy larga que finaliza con un pase tonikroosiano de don Raúl Asencio y un gran gol de cabeza de don Kylian Mbappé. Siempre marca él. Solo marca él. Estoy pensando en no poner su nombre en las crónicas cuando marquemos un gol. Se da por entendido. Si algún día marca otro delantero, entonces será noticia.
Es un milagro que vayamos por delante en el marcador. Pero a los cinco minutos se hace justicia. Empata el Benfica. En una jugada incomprensible. Una jugada que se ha repetido en muchas ocasiones esta temporada. El equipo está por delante en el marcador y los laterales suben ambos arriba como si estuviésemos perdiendo, faltase un minuto y tuviésemos que marcar un gol. También me resulta difícil de entender que Huijsen se coloque casi en la frontal del área rival a tocar el balón con Carreras y Vini. Y atrás quede tan solo don Raúl Asencio. En un uno contra uno con un delantero rival. Y pasa lo que tiene que pasar. Un mínimo error del defensa y hay peligro. Don Raúl resbala y el delantero lanza un magnífico centro al área donde llega un compañero que bate a Courtois de un gran cabezazo. Llámenme dinosaurio si quieren, pero yo atornillaría a los laterales atrás como si fuesen muñecos de la defensa de un futbolín. Y así todo el partido. Excepto Roberto Carlos y Marcelo, los laterales restan más no estando en defensa de lo que aportan estando en ataque. Y que no les engañen, les han quitado la palabra «defensa» del nombre para confundir. Les llaman laterales, pero no dejan de ser defensas. Y esa debe ser su principal función: defender. Honor a don Ferland Mendy.
Unos minutos después, don Federico Valverde salva el segundo del Benfica bajo palos. Un delantero benfiquista nos perdona otro gol rematando fuera cuando estaba solo en el segundo palo. Nos llegan con tanta facilidad. En el descuento de la primera mitad, Otamendi sufre un desmayo en el área y Davide Massa, el Ceferin boy de turno, pita penalti.
La primera mitad finaliza y el resultado es corto. La defensa ha mostrado una endeblez preocupante, principalmente por la izquierda. Don José lo sabe y el Benfica ha atacado por la zona de Carreras y Huijsen. Ambos son defensas optimistas. Todo lo contrario a Asencio y a Valverde, que son pesimistas. No podemos juntar a dos optimistas en la misma zona. Llega la realidad y no pueden lidiar con ella. Hay momentos en que Carreras no está donde debe estar. Hay momentos en que Huijsen se invisibiliza y es atravesado por los rivales como si fuese un espectro de Cuarto Milenio. No ocurre durante todo el partido, pero suele ocurrir durante algunos minutos, los suficientes para que el equipo encaje goles.
La segunda mitad empieza igual. Solo Valverde y Tchouaméni muestran una intensidad y una garra defensiva a la altura de los lisboetas. Los chicos de Mou están más intensos, son más rápidos y tienen más mala leche. Estamos adquiriendo una blandenguez preocupante.
El equipo no ha conseguido cambiar la dinámica de la primera mitad. En el minuto cincuenta y tres llega el tercero. Al Madrid solo le queda la épica. Don Álvaro disfrutó como nosotros de la Champions de las remontadas. Decide sacar a los dos comodines de don Carlo en aquella magnífica temporada. Camavinga y Rodrygo salen al campo. Camavinga está más rápido que el resto, tiene un plus de energgía. Pero parece jugar en un equipo distinto al de sus compañeros.
El Benfica está excelso tácticamente. Defensa muy adelantada. Mbappé y Vinicius están a cuarenta metros del área rival. De ahí no pasan. Mbappé está frustrado. No sabe qué hacer. Intenta regatear rivales en la mitad del campo, en los alrededores de la medular. Ha recorrido cincuenta metros para poder entrar en contacto con el balón. Regatear en esas zonas no conduce a nada. Solo consigue perder balones que crean contraataques con peligro.
Pero el Madrid es el Madrid y de la nada marcamos el segundo. Buena combinación de Rodrygo con Arda. Y el turco busca a su socio favorito. Gol de ya saben quién. Nos ilusionamos con la remontada, pero todo ha sido un espejismo. Un latigazo de genialidad y nada más. El Benfica sigue atacando y creando ocasiones. El partido de los lusos es magnífico. El partido es larguísimo e intenso. Courtois sigue realizando paradones. Prestianni, que es una mezcla de Brahim y Correa con el pelo teñido como una cincuentona, realiza un gran partido. Ha sido un dolor de muelas para la defensa blanca.
El Madrid lo intenta, pero el Benfica no cede terreno. Han cavado trincheras diez metros delante de su área y de ahí no pasamos. Asencio se desespera y ve la segunda amarilla. Los últimos minutos apenas se juegan. Don José y sus chicos son expertos en eso. Le llaman el otro fútbol. Nada de eso. Eso es también el fútbol. Adaptar tu juego a la situación del rival, al marcador, al tiempo y al espacio. Eso es inteligencia.
Nuevamente sacamos a Brahim y empezamos a colgar balones. En esas ocasiones siempre pienso que para hacer eso deberíamos haber sacado a Gonzalo, pero no. Hay algo que se me escapa. Por eso yo soy un humilde escritor y no un entrenador de fútbol.
En los últimos instantes del partido, Mbappé le roba la cartera al portero rival y marca gol. Lo anulan. No sabemos todavía por qué. Rodrygo se indigna con la actuación del Ceferin boy y este le expulsa. Un penalti por desmayo, un gol anulado sin motivo y dos expulsados. Hace tiempo que los arbitrajes de la Ceferin Cup empiezan a parecerse a los de la Mugrienta Liga Negreira. El Madrid está pagando la iniciativa de la Superliga. El Barcelona está cobrando por haber traicionado al Madrid y haber dinamitado el proyecto. Ceferin les está pagando muy bien la traición. No hay más que ver el penalti a Lewandowski que se inventaron en el partido contra el Copenhague. Ni De Burgos Bengoetxea en su prime.
Al final el Benfica necesita goles para poder mejorar su media y el portero sube al remate. Y cómo no. Golazo de cabeza. Noche histórica en Lisboa. Esta vez no hemos sido nosotros. Ha sido una noche histórica para el Benfica. Pasan de ronda. Me alegro por Mou. Y por el Benfica. Anciano Rey de Europa.
Y el Madrid lleva una temporada y media recordándome a Sísifo. Sí, ese rey griego que fue castigado por los dioses a empujar una roca enorme cuesta arriba en una montaña. Solo para que cuando esté cerca de llegar a la cima, la roca vuelva a rodar montaña abajo. Y así durante toda la eternidad. Así llevamos muchos meses, demasiados, con don Carlo, don Xavi y ahora con don Álvaro. Cuando todos empezamos a ilusionarnos con tres o cuatro buenos partidos, cuando parece ser que el equipo empieza a coger la forma y el buen juego, llega un mal partido y la roca se cae rodando hasta la base de la montaña. El domingo a las dos de la tarde volveremos a empezar. La tarea es ardua, pero yo estoy con Sísifo.
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NOTA: Gracias a todos los lectores que me han conocido con Negreira para dummies: el mayor escándalo del fútbol europeo y están comprando también Madridismo sin complejos. Al final se está convirtiendo en un libro de culto entre los madridistas.






