
Cuanto más lo niegan, más resulta evidente que es verdad. Sus argumentos, lejos de darles la razón, se vuelven en su contra más y más cada vez que los emplean.
Están empeñados en que se someta, que agache la cabeza y obedezca sus sabios consejos. Tiene que abandonar su rebeldía, renunciar a lo que es y reconocer que no se llama Kunta Kinte sino Toby, el nombre de esclavo que los que pretenden ser sus amos han elegido para él. Le castigan de palabra y obra, día tras día, impunemente, y no hay justicia para él. Y si se queja es aún peor, porque le convierten en culpable de la situación de violencia física y verbal que lleva sufriendo desde que llegó a España.





