Cuando las normas están tan perfectamente mal redactadas, de forma tan sibilinamente confusa, el resultado no puede ser otro sino la arbitrariedad, la discrecionalidad y la indefensión.

Un político de hace muchas décadas, de cuyo nombre no me acuerdo, cuando terminaba de redactar un discurso un discurso le preguntaba a su secretaria qué le había parecido. Si ésta decía que lo había entendido todo, el político, frustrado, lo volvía a redactar para hacerlo más confuso. Así es como se redactan las normas y circulares arbitrales, perfectamente confusas para que, según convenga, se pueda decidir una cosas y su contraria y, después, justificar cualquiera de las dos decisiones.

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