Ni un batallón de psicoanalistas argentinos sería capaz de arreglar el desbarajuste enfermizo que hay dentro de su cabeza, la podredumbre que impregna cada una de sus neuronas.

Tanta obsesión, tanta inquina, tanto odio al fin y a la postre, no pueden ser algo bueno para la salud. Ni para la salud física, tal vez por eso los ojos se le salen de las órbitas como a Igor, el jorobado ayudante del doctor Fronkonstin. Ni tampoco para la salud mental, porque tanta bilis generada tiene que correr por el torrente sanguíneo para llegar al cerebro y pudrir todas las neuronas una tras otra.

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