
21 de abril de 2026
Real Madrid 2 – 1 Deportivo Alavés
Seven men from now es una obra maestra del género western dirigida por Budd Boetticher. En ella Randolph Scott tiene que ir eliminando a siete hombres, uno tras otro. La película es magnífica. Nada que ver con los siete partidos de liga que nos quedan. En baloncesto le llamarían a esto «los minutos de la basura». Así le llaman a los últimos minutos de los partidos en que la diferencia en el marcador es muy alta y todo está ya decidido. En La Mugrienta Liga Negreira tenemos que tragar con siete amistosos antes de que acabe la competición. Deberíamos poder arrojar una toalla a la lona e irnos todos de vacaciones.
Hemos llegado a esta situación porque al CTA se le fue la mano. Todo empezó cuando los Arbeloa boys consiguieron alcanzar el liderato. Los arbitrajes de los cachorros de Negreira al Real Madrid y al Barcelona consiguieron que los de Laporta recuperasen rápidamente la cabeza de la tabla. Y llegó el sorteo de Champions. El Barcelona, que no gana una Champions desde que Ángel María Villar – el jefe de Negreira – dejó de ser presidente de los árbitros de la UEFA, se vio de repente con un cuadro en el que era el único equipo que había ganado una Champions. Estaba en el lado fácil. Se enfrentaba con unos equipos más propios de un sorteo de Europa League. Esta es la nuestra, pensaron. Vamos a apretar en La Liga para preparar con más tranquilidad los partidos de Champions. Aquest any, si. Y a los Alberolas y a los Trujillos de turno se les fue la mano. Decidieron La Mugrienta a falta de ocho jornadas. Ahora Tebas tiene un producto totalmente devaluado que va a dejar de verse en todo el mundo hasta que empiece la próxima temporada. Es lo que ocurre cuando un tinglado está en manos de mediocres.
El Madrid tiene que intentar ganar todos los partidos. Es su obligación. Tiene que honrar el escudo. Pero de ahí a pensar que hay alguna posibilidad de ganar esta competición… Cualquiera que viese a Mbappé sangrando en el suelo y a Alberola y a Trujillo fumándose un puro entendió en ese mismo instante que esta farsa de competición está preparada para que la ganen los que soltaron 8,4 millones de euros. Tienen la neutralidad pagada. El resto de equipos no. Las competiciones españolas las controla con puño de hierro un colectivo cuyo vicepresidente estuvo a sueldo del Barcelona durante varias décadas y cuyos integrantes siguen siendo premiados cada vez que se equivocan contra el Real Madrid. Y esto no tiene visos de cambiar.
El Madrid juega hoy en este contexto. En una competición decidida y a las puertas de un Mundial. Es un trámite que hay que pasar. Antes del partido se homenajea al equipo juvenil que ha conseguido ganar la Youth League. Honor a estos chicos.
Este es el primer partido de una extraña pretemporada. Va a servir para definir qué jugadores seguirán, qué jugadores se intentarán vender, qué puestos reforzar, cuáles de los chicos asumirán más protagonismo. Son unos partidos para reflexionar. Tanto Florentino como Arbeloa están en ello.
Y antes, durante y después del partido sufriremos la toxicidad que rodea al club. El equipo sale con muy buena actitud en la primera parte. Juegan con rapidez, presionan. El nivel de juego es muy bueno. Pero aparece el sector tóxico del pseudomadridismo y empieza a silbar a Vinicius, a Mbappé y a Camavinga. Son los que prefieren que pierda el equipo para tener razón en la conversación de la máquina de café. Los que quemarían los cimientos del club. Y lo construirían de nuevo a partir de Zubimendi. Los que pidieron a Xabi Alonso y ahora despedazan a Vinicius y le culpan de que el entrenador no cuajase. Porque ellos nunca se equivocan. Si Xabi tuvo un paso por el Madrid muy poco afortunado no fue por su responsabilidad, la culpa siempre es de otro. Del negro, del que señala la prensa acosadora.
Si analizan juntas las dos últimas temporadas – la primera de ellas está detallada en profundidad en Madridismo sin complejos – se darán cuenta de que lo de despedir al mejor entrenador de la historia del fútbol quizás no fuese una buena idea. Don Carlo ganó la Supercopa de Europa y el Mundial de Clubes y tuvo al equipo luchando hasta el final a pesar de una racha de lesiones mucho más cruda que la de esta temporada. Este año querían caras nuevas. El rock and roll. Nuevo entrenador. Moderno. Sin chaleco. Sin canas. Sin chicles. Ahí tienen el resultado. Y después, Arbeloa ha hecho lo que ha podido. La temporada acaba sin títulos. Quizás lo de cambiar de entrenador y renovar a media plantilla no era lo más adecuado. Ahora piden a otros porque los nuevos tampoco les gustan. Siempre prefieren al que no está. Si trajesen a Haaland o a Zubimendi estarían rajando de ellos a los dos meses. Todo porque no sé qué equipo está jugando muy bien en no sé qué liga. O porque empiezan a sentir sensaciones extrañas en su cuerpo cuando ven jugar a Lamine Yamal. Las hormonas. La improvisación. La tertulia de bar. Quién sabe qué hubiese hecho don Carlo con los fichajes de este año y con una defensa sana.
Y ahora te vienen una vez más con lo de Klopp. Jürgen, que es un gran entrenador, ganó una Liga y una Champions en sus nueve años en Liverpool. En el Real Madrid esos números serían un fracaso. Es más. Serían ciencia ficción. Ningún entrenador estaría nueve años en el Madrid con esos títulos. Al primer año en blanco, a la calle. Pues eso, los pseudomadridistas viven en realidades paralelas. Si el club siguiese su criterio estaríamos jugando en categoría regional.
El partido tiene poca historia. Mbappé marca un gol de rebote y Vinicius un golazo desde la frontal, ajustado al primer palo. El equipo genera más ocasiones, pero no las materializa. El Alavés llega poco, pero con facilidad. Lunin se luce en una serie de grandes paradas. Militao se retira del partido por precaución. En la segunda mitad el equipo baja el ritmo pensando en el viernes. Nos enfrentamos al Betis en Sevilla. Y también pensando en el Mundial. Nadie debe jugarse su participación en el Mundial por una serie de partidos intrascendentes de La Mugrienta. Esta competición no lo merece.
De todos modos admiro a estos chicos. Les gusta su oficio. Disfrutan jugando al fútbol. En algunas fases del partido empezaron a gustarse. A divertirse. Lo hicieron una vez aliviados de la presión de tener que disputar este mugriento título. Nunca estará lo suficientemente valorado el estoicismo que demuestra esta generación de jugadores.
En el noventa y dos hay un penalti a Vinicius que el CTA decide no pitar. No quieren que el Madrid bata el récord de penaltis a favor en una temporada, que ostenta el equipo que compró a su vicepresidente con la nada desdeñable cifra de diecinueve. En esas épocas al Barcelona le pitaban un penalti a favor en uno de cada dos partidos. En el otro solían dejar al rival con diez. Fueron los años más duros del negreirato. Aunque creo que Fran Soto, dada su juventud, su desempeño y la impunidad con la que cuenta, puede suceder a Negreira con garantías y reinar plácidamente durante décadas.
En la rueda de prensa, la canallesca intenta crear una polémica con el hecho de que Carvajal no hay tenido suficientes minutos y peligre su convocatoria para el Mundial. Como si el Real Madrid fuese el filial de la selección de la RFEF de Villar y Tebas y tuviese que servir para que sus jugadores cojan rodaje para el Mundial. Como bien dijo don Álvaro: «Tengo 23 jugadores en plantilla y cualquier jugador del Madrid tiene opciones de ir al Mundial. Si me lo permitís, voy a pensar en lo mejor para mi equipo». Impecable.
Estamos en un clima en el que tanto nuestros enemigos como el pseudomadridismo quieren prescindir de Arbeloa, Camavinga, Vinicius y Mbappé. De Arbeloa porque le resulta molesto al tinglado. Don Álvaro no se calla ante los arbitrajes y sigue hablando de Negreira. Ese fenómeno que intentan ocultar en casi todos los medios. De Camavinga quieren prescindir porque a un árbitro se le fue la cabeza y le expulsó por dos amarillas en ocho minutos. En una acción que no se veía desde 2011, cuando un árbitro a las órdenes de Villar expulsó a Van Persie en el Camp Nou cuando a los pagadores de Negreira se les empezó a complicar la eliminatoria. El pseudomadridismo siempre prefiere culpar de todo a nuestros jugadores antes que a los arbitrajes. Sufren un síndrome de Estocolmo crónico. Y luego están los que aman a Vinicius y odian a Mbappé y los que aman a Mbappé y odian a Vinicius. La prensa ha generado dos bandos. Y las ovejitas han ido agrupándose, obedientes ellas, en un rebaño u otro. Son incapaces de admirar y de disfrutar a la vez de dos de los mejores jugadores del mundo. Dos jugadores que se llevan de maravilla entre ellos. Sin duda otro síndrome que la psicología debería estudiar.
El Real Madrid vive aislado en mitad de un fútbol español plagado de enemigos, cuenta con una parte de la afición que consume mala información y que es fácilmente manipulable y está obligado a disputar seis partidos más. Pero afortunadamente ya no son siete. Solo quedan seis.
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NOTA: Gracias a todos los lectores que me han conocido con Negreira para dummies: el mayor escándalo del fútbol europeo y están comprando también Madridismo sin complejos. Gracias a ustedes se está convirtiendo en un libro de culto entre los madridistas.







