
19 de mayo de 2026
El show de Truman es una gran película de Peter Weir. La película está tan bien que es la única película en la que los espectadores que aborrecen a Jim Carrey le toleran. Personalmente don James Eugene Carrey me parece un cómico fuera de serie. El actor canadiense sigue la estela del gran Jerry Lewis. Ambos son herederos del director Frank Tashlin, que incorporó los Looney Tunes al cine de carne y hueso. Tashlin fue dibujante y director de los cortos animados del cerdito Porky. Si entienden y aceptan que, tanto Jim Carrey como Jerry Lewis, encarnan a personajes de dibujos animados implantados en un mundo realista para dinamitar las convenciones sociales, todo encaja, su estilo interpretativo cobra sentido.
Y qué tendrá que ver esto con el fútbol español, se preguntarán ustedes. Pues mucho. Ahora se darán cuenta.
En España vivimos en El show de Truman. Los aficionados al fútbol español asistimos a un mundo artificial que poco tiene que ver con el deporte rey. Estamos en una realidad paralela. Todo está fabricado. Todo es un decorado. Y es así desde 1993, que sepamos. La única diferencia de los aficionados con Truman es que nuestras vidas no son retransmitidas en directo las veinticuatro horas del día. Pero todo lo que vivimos en el fútbol español es tan falso como un programa de telebasura.
Truman Burbank vive con su esposa en una tranquila urbanización donde todo está convenientemente preparado. Las calles son decorados y los transeúntes son actores. Todo está coreografiado. Truman empezó a sospecharlo hace tiempo. Aunque todavía no lo tiene claro. Nadie le ha confirmado sus sospechas.
Truman se despierta todas las mañanas con el sonido del despertador. La radio se enciende automáticamente. Truman se dirige al cuarto de baño mientras su esposa se despereza en la cama. Truman escucha una tertulia deportiva radiofónica, la única que se emite a esa hora de la mañana. Truman se echa espuma de afeitar mientras los tertulianos afirman que el equipo que viste de blanco es un club fallido, un desastre de club que está a la deriva, con un equipo que no juega a nada. Esto es lo que ha venido escuchado Truman todas las mañanas desde que tiene uso de razón. Desde pequeño.
Sí, Truman es del equipo blanco y disfrutó de más Copas del Continente que nadie. Pero eso no tiene nada que ver. Todo fue fruto de la casualidad. Todo lo que ganó el club blanco lo hizo jugando mal. El fútbol es un deporte tan ridículo que no siempre gana el que juega mejor. Ahora el club blanco está en la ruina porque su estadio ha costado más de lo previsto y porque en él ya no se pueden celebrar conciertos musicales. Además, según deslizan los periodistas de la nación, su presidente es muy anciano, no está en sus cabales, está cansado y tiene una enfermedad muy grave. Sin embargo, el equipo del nordeste juega siempre de maravilla, tiene la mejor cantera del mundo. Su presidente es joven y delgado, está en buena forma y es un ejemplo de gestión. El equipo del nordeste no tiene dificultad alguna para remodelar su estadio y para inscribir a sus jugadores cumpliendo rigurosamente el fair play financiero y los valores de su cantera son un ejemplo para todo el mundo del fútbol.
Mientras Truman pasa su maquinilla por su mentón, los tertulianos critican la forma de comportarse de un jugador negro del equipo blanco. Un jugador que proviene de un barrio humilde de otro continente que debe corregir su comportamiento, porque un negro no debe comportarse así en presencia de blancos. Qué desagradable. No deberían haberle fichado. Ensucia los colores del club. Posiblemente esté mal asesorado y necesite un psicólogo. En toda la historia del fútbol mundial no se recuerda un comportamiento similar de un jugador de fútbol. Incluso celebra los goles bailando. Algo así sería inconcebible en el equipo del nordeste, donde todos los jugadores proceden de buenas familias y tienen un comportamiento exquisito, jamás protestan al árbitro, nunca provocan a los jugadores rivales enviándoles a segunda división y jamás se burlan del rival cuando van ganando. A Truman le gusta el negro que viste de blanco, aunque no lo dice abiertamente. Es un vicio oculto. Lo disfruta en secreto. Le gustan sus regates y su actitud contestataria. Pero nunca lo confiesa en público. Sus vecinos y sus compañeros de trabajo lo encontrarían algo intolerable. Truman se mira al espejo y se lleva el dedo a la boca. No digas nada, Truman. Que nadie se entere. Truman se seca con la toalla. Su afeitado es perfecto.
Mientras Truman desayuna, el repartidor de periódicos, un niño con aspecto de querubín, pedalea por la calle enfundado en una camiseta del equipo del nordeste. El chico lanza el periódico contra la puerta de la casa de los Burbank. Eso sí, convenientemente envuelto en una bolsa de plástico para evitar que se deteriore por los aspersores del jardín.
Truman desayuna, le da un beso a su esposa y sale por la puerta para dirigirse a su oficina. Nada más salir, tanto el cartero, como el lechero y el policía detienen sus quehaceres para saludar a Truman. Él les saluda con una amplia sonrisa impostada. Sonríe y recoge el periódico del suelo. Saluda también a sus vecinos que le observan por encima del seto. Truman abre el periódico y lo hojea rápidamente. Busca en todas las páginas algún titular que contenga la palabra Negreira. Así lleva mil doscientos ochenta y siete días. Pero nunca aparece esa palabra en la prensa. Nadie sabe qué es Negreira. Nadie sabe qué quiere decir esa palabra.
Truman recuerda perfectamente aquel día. Ya hace cuatro años de aquello. Era un día soleado. Truman salió de su casa y se dirigió hacia la acera. De repente, un foco cayó del cielo y se hizo añicos en el asfalto. A Truman aquello le hizo dudar. Como las ligas de Tenerife. Algo no encajaba. A los cinco minutos se interrumpió la emisión de todos los canales de televisión. Contaron que un avión había tenido un fallo en uno de los portones y había perdido un cargamento de focos, que habían caído sobre distintos puntos de la ciudad. Pero Truman no escuchó ese día el ruido de ningún avión.
Truman recuerda que, unos días después, un vagabundo se acercó a él. Era muy anciano y tenía rasgos orientales. Como Michiko y Narumi, las camareras del restaurante japonés que tanto le gusta a su esposa. Truman intentó evitar el contacto visual con el anciano, pero el homeless se acercó y le susurró al oído la palabra. Negreira. Fue la primera vez que escuchó ese vocablo. Truman le preguntó a varios conocidos, pero nadie sabía nada. Todo el mundo mostraba nerviosismo al escuchar ese vocablo. Todos cambiaban de tema. Truman comentó lo sucedido a unos vecinos en una cena que dieron en su casa. Y se hizo el silencio. Mr. Kelly se atragantó y bebió un trago de vino. Desde entonces, los Kelly dejaron de hablarles. Ahora solo intercambian sonrisas y saludos por la calle. Por cierto, todos los vecinos del barrio les saludan del mismo modo. Con el mismo gesto. Como si fuesen actores que han sido formados en la misma escuela de interpretación. Desde entonces, Truman intenta buscar respuestas en la radio, en la prensa y en la televisión. Pero nadie habla del tema. Ha acudido a las librerías y a las bibliotecas en varias ocasiones, pero le han confirmado que no, que esa palabra no aparece en ningún libro. Truman es testarudo. Truman está deseando volver a cruzarse algún día con el anciano.
Truman es seguidor del equipo blanco desde pequeño, pero el equipo blanco ya no está de moda. Lo estuvo en el siglo pasado. Pero ahora no está bien visto. Para Truman ser del equipo blanco es un vicio oculto. Como fumar. Como llevar tatuajes. Como poner la música alta. Su esposa Marcy suele reprochárselo. No está bien visto en la vecindad. Tampoco en su entorno laboral. El equipo blanco representa lo peor de la sociedad. Representa el poder. El capitalismo voraz. Su presidente es un ricachón que tiene a todos los políticos en su mano y controla todos los medios de comunicación. En la prensa, en la radio y en la televisión aplauden su gestión a todas horas. El equipo blanco fue el club más beneficiado por el poder durante el siglo pasado. Cuando el país estaba sumido en una dictadura feroz, los blancos ganaban todas las competiciones. Era el equipo preferido del dictador. El club condecoró al sátrapa en tres ocasiones y este le salvó de la quiebra. En ese periodo, el equipo del nordeste fue el club más oprimido por la dictadura. Fueron perseguidos porque representaban la libertad. En esa época el club del nordeste no ganó una sola Liga. Todas las Copas del dictador las ganó el equipo blanco. Eso dice la leyenda.
Truman acude cada día a su oficina y se dedica a aprobar las solicitudes de sus clientes, una tras otra, siempre con una sonrisa en su rostro. Lo hace de forma mecánica. Le han contagiado sus compañeros, que parecen robots. A media mañana, suele acercarse a la máquina de café. Pero nunca entra en las conversaciones futbolísticas. Sus compañeros son en su mayoría del equipo del nordeste. Aunque también hay algunos seguidores del equipo del pueblo. Truman nunca habla de fútbol. No quiere problemas. Ser del equipo blanco es algo que se tolera, pero sabe que los blancos cuentan con la animadversión de todo el país. Los jugadores blancos reciben muestras de rechazo en todos los estadios de la nación. A diferencia de los jugadores del equipo del nordeste, que son aplaudidos y admirados por todos los ciudadanos de bien. Al fin y al cabo, sus chicos, jóvenes procedentes de distintas regiones del país, han sido adiestrados en el odio a la capital y son los escogidos por el seleccionador nacional para representar al país en las competiciones internacionales. El club blanco desprecia al combinado nacional y sus filas están conformadas por extranjeros de dudosa moral. Especialmente ese jugador al que abuchea todo el país, ese que le planta cara a los árbitros, a los periodistas y a los ciudadanos de todas las aficiones. Nadie entiende cómo es posible que el gobierno no le haya expulsado todavía del país.
Truman regresa del trabajo con diligencia. Hoy está especialmente feliz. Hoy juega el equipo blanco y retransmiten el partido en la televisión de pago. Marcy abre la puerta, le coge el maletín y le da un beso. Truman se sienta en su butaca preferida. Marcy corre las cortinas. No sea que los vecinos descubran que Truman es seguidor del equipo blanco. Empieza el partido. Hay una jugada que podría ser penalti a favor de los blancos. A Truman le parece muy clara. Pero el comentarista se apremia a asegurar que nada, que hay contacto, pero que es muy leve. No es suficiente para pitar penalti. Así lo afirman también al instante varios exárbitros en las redes sociales. Todos están sincronizados. Los entendidos en fútbol afirman con rapidez que el equipo blanco no tiene de qué quejarse. A Truman le parece que al jugador blanco le han dado un golpe con el codo en la ceja, pero la imagen es borrosa y no se emite ninguna repetición de la jugada. Deben ser imaginaciones mías, piensa Truman. Parece ser que el jugador blanco está en el suelo, pero no le vemos. Truman piensa que, si él recibiese ese golpe, posiblemente estaría sangrando. Pero no. Seguro que no le han tocado. Sino sangraría. Si sangrase, el comentarista nos diría que es penalti. El realizador nos mostraría su rostro ensangrentado. Y el árbitro de VAR, que ve las imágenes en distintas tomas y en varios monitores, avisaría al árbitro principal para que revisase la jugada. Si eso fuese así, según el reglamento del fútbol, sería penalti. Y se pitaría. Al fin y al cabo los árbitros del país son de los mejores del continente. Deben ser imaginaciones mías, piensa Truman.
El partido continúa y a pesar de que hay varias jugadas más en las que las decisiones del árbitro dan qué pensar, como el equipo ha jugado muy mal, no puede quejarse de nada. A veces Truman piensa que su equipo no juega tan mal. Pero en las emisoras, en las televisiones y en los periódicos todos coinciden en que sí, en que no juega a nada. Y todos no pueden estar equivocados. Al fin y al cabo las tertulias de radio y de televisión son muy plurales. Están llenas de expertos en fútbol. Qué va a saber él si todos los tertulianos y periodistas, que se dedican profesionalmente a ello desde hace años, opinan lo contario. Incluso muchos exjugadores blancos consideran que al fútbol solo se debe jugar como inculcan a los niños en la cantera del equipo del nordeste, ese Shangri-La donde se conservan y se transmiten de generación en generación las enseñanzas de los dioses del fútbol. A diferencia de la cantera blanca, donde el único objetivo es ganar a cualquier precio, jugando de cualquier manera.
Tras el partido, como cada tarde, Truman intenta sintonizar una emisora clandestina. Es difícil encontrarla, no es una de las emisoras nacionales que escucha todo el mundo. Pero cada vez tiene más seguidores. La emisora tiene el nombre de un elemento de la tabla periódica. Cada día, desde hace más de una década, el mismo presentador emite un programa de más de una hora con mensajes subversivos. Se oculta bajo el pseudónimo de un personaje de ficción de un escritor de novelas de misterio. Dicen que vive en el norte del país. Es una de las pocas voces que osan contradecir a los profesionales de todos los medios de comunicación del país. A Truman le gusta escucharle.
Por la noche, las tres emisoras de la nación emiten al mismo tiempo programas deportivos. Cuentan con tertulianos, exjugadores y entendidos en fútbol que difunden mensajes muy parecidos. Todo está mal en el equipo blanco. El equipo blanco no tiene futuro. Su presidente es un dictador que no respeta la libertad de expresión. El equipo del nordeste juega un fútbol maravilloso y es el equipo que mejor representa a la nación.
Se está haciendo tarde y Truman decide irse a la cama. Su esposa Marcy le espera en el dormitorio. Pero a Truman se le ha olvidado sacar la basura. Truman se pone la bata con sus iniciales bordadas, se enfunda las zapatillas y abre la puerta de la casa. Mira a derecha e izquierda y no ve a nadie. Sus vecinos duermen. La calle está en silencio. Truman camina por el jardín hasta la acera y deposita la bolsa en el suelo. Cuando se gira para regresar a su hogar, se da cuenta de que allí mismo, sentado en la acera, está el anciano misterioso fumando un cigarrillo. Truman se le acerca y le da las buenas noches. El anciano asiente con la cabeza. Truman está nervioso y excitado. Se sienta en el bordillo, junto al anciano.
El vagabundo le ofrece un cigarrillo. Truman se lo lleva a los labios. El anciano se lo enciende. Gracias. Le diré la verdad, le dice el anciano. Toda la verdad. Truman asiente con la cabeza mientras mira a su alrededor.
Seré muy telegráfico, señor Burbank. Nada es lo que parece. Usted vive en una realidad alternativa. Esto es un plató enorme. No es el mundo real. El plató se construyó hace décadas. Lo construyeron el presidente de la Federación de Fútbol, el presidente y el vicepresidente de los árbitros y el presidente del equipo del nordeste. El cielo que ve usted está pintado. Encima hay una sala oscura desde la que elaboran todo lo que ocurre aquí abajo. La competitividad del equipo del nordeste está asegurada artificialmente. Los que dirigen las competiciones del país diseñan los calendarios, designan a los árbitros, controlan las decisiones del VAR, editan las retransmisiones y censuran las imágenes.
El anciano se saca un papel arrugado del bolsillo y se lo da a Truman. Es una foto borrosa de un jugador blanco sangrando. Lo sabía, sabía que estaría sangrando. No lo vimos en la retransmisión. Espero que ahora me crea, señor Burbank. Truman asiente con la cabeza. También manipulan el fair play financiero. Desde la sala de control mantienen al equipo del nordeste ganando competiciones nacionales para que no le ocurra como a otros equipos del continente, que pasaron a segunda fila por sus problemas económicos. Como bien sabe, en algunas ligas del continente suele haber un equipo muy superior al resto que gana casi todos los años la competición. En nuestra nación ese equipo sería el blanco. Tiene más ingresos y mejores jugadores. Si no fuese por los de ahí arriba ganaría casi todos los años. El anciano mira al cielo. Truman también. En la sala de control no quieren que aquí ocurra lo mismo. La competición perdería interés y bajaría la audiencia. Y todos viven de ello.
Truman le pregunta al anciano por los periodistas. Este apura su cigarrillo. Los periodistas son actores, Truman. Como el lechero, como el policía, como el cartero. Como Michiko y Narumi, las camareras del restaurante japonés, como los Kelly. Todos leen un guion, Truman. Todos viven de interpretar su papel. Si se fija, Truman. Antes de que uno de ellos hable, ya sabemos qué va a decir. Son muy previsibles. Si alguno de ellos confesase que todo es un montaje, perdería su empleo. Viven de retransmitir la competición. No pueden admitir que no es algo puro, que está adulterado. Truman, acuérdese de aquel colaborador al que despidieron de la tertulia de máxima audiencia. No se ha vuelto a saber de él.
Truman se impacienta. El anciano está confirmando todas sus sospechas. Truman insiste. Quiere saber más. Dígame ¿Usted cree que los árbitros también interpretan un papel, también siguen órdenes? Truman, creo que es evidente. No ve usted que aplican un criterio distinto para jugadas idénticas según los equipos implicados. Y siempre perjudicando al mismo equipo. Truman asiente con la cabeza.
Y para finalizar, le diré algo más, Truman. El equipo blanco es el mejor de la historia, no está en la ruina, es el que genera más ingresos y nunca ha formado parte del tinglado. Por eso es perseguido. Por eso quieren hacerle desaparecer. Cuestione todo lo que oiga. Hágale caso a lo que ven sus ojos. A lo que le dicte su intuición. Truman sabe que tiene razón. El anciano se levanta con dificultad y se aleja de Truman. Camina lentamente por la calle desierta hasta desaparecer en el horizonte.
Somos muchos los que hace tiempo que cogimos un barco y empezamos a alejarnos del puerto, huyendo del fútbol español. Cuando llegamos al final del decorado chocamos con la pared y nos dimos cuenta de que el horizonte estaba pintado. Algunos abrimos la puerta y decidimos salir del plató. Por eso ya no formamos parte del sistema. Somos pocos, pero nuestras sonrisas no son impostadas. Son auténticas. Les esperamos fuera. Aquí se respira mucho mejor.
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NOTA: Gracias a todos los lectores que me han conocido con Negreira para dummies: el mayor escándalo del fútbol europeo y están comprando también Madridismo sin complejos. Gracias a ustedes se está convirtiendo en un libro de culto entre los madridistas.







